viernes, 1 de mayo de 2020




                                            Rosa Sombra

M. J. Ávila R.


Cuando empecé a salir con Violeta, el Centro de Lima y la entrada de Barrios Altos se convirtieron en mi nuevo barrio. A la salida de clases, a las diez de la noche, la acompañaba a su casa en el jirón Paruro, cerca de la Plaza de la Buena Muerte y la Plaza Italia, y regresaba a pie hasta la avenida Abancay, donde tomaba un atiborrado microbús que me llevaba hasta mi casa.

Los fines de semana paseábamos por las estrechas calles del Centro y llegábamos a la iglesia San Francisco. Me sentaba en las gradas; Violeta lo hacía en mis piernas y las beatas nos botaban acusándonos de pecadores. Luego íbamos a la Plaza de Armas y nos sentábamos en las escalinatas de la catedral. Pasaban los policías en camiones portatropas y uno de ellos gritaba: «¡Misio, llévala a un hotel!». «Calla, c. t. m. —respondía, en voz baja—, ¿para eso te pagan?». Después nos adentrábamos por el Jirón de la Unión hasta la Plaza San Martín. Seguíamos nuestro camino por Belén, deteniéndonos de tanto en tanto en las librerías de viejo y en la antigua Época. Comprábamos algunos libros, si nos sobraba dinero, o sólo los hojeábamos durante un rato, y continuábamos por el Paseo de la República, a la altura del Palacio de Justicia. Luego cruzábamos hasta el Paseo Colón y llegábamos, por fin, al Museo de Arte, donde nos esperaba el destino final: la Filmoteca. Ahí nos aguardaban grandes películas que no se veían en los cines comerciales. Ahí vimos muchos filmes de Buñuel. La primera fue El perro andaluz: el ojo ocupaba todo el ecran y la navaja cortaba el iris. Sacudón desde el inicio.

No solo íbamos los sábados o los domingos; algunas veces también lo hacíamos durante la semana. Cierta vez fuimos cinco días seguidos para ver una gran película alemana: Heimat, que se emitió en partes. Pocos asistimos en el horario de la tarde: recuerdo a un señor que iba con su lonchera. Hermosa película que recorre varias épocas de la historia de Alemania desde unos sucesos ocurridos en las tierras de Heimat. Yo, que era ratón de campo caído en la ciudad, quedé prendado de ese lugar.

Pero el Perú y Lima tenían su propia historia y su propio presente. Terminada la función, salíamos a la calle y la realidad nos daba un golpe rotundo. La calle estaba movida. De repente la policía se ponía a buscar terroristas y detenía a los transeúntes para pedirles documentos. Dios nos libre, pedíamos, pues bastaba que vieran nuestro carné de San marcos para ser sospechosos: como mínimo, nos esperaba una visita a la comisaría y quizá a Seguridad del Estado, más aún si el operativo se realizaba después de un atentado; como ocurrió una vez, cuando salimos del Museo y se apareció un grupo de policías fuertemente armados y comenzaron a pedir documentos a los transeúntes. La cosa era más jodida porque el operativo no era sólo para pedir papeles, pues se veía que, aunque algunos contaban con ellos, eran apresados si mostraban algún elemento sospechoso. Los policías estaban nerviosos. Pedían documentos con las armas listas y revisaban las bolsas, los maletines, las carteras y las mochilas. Si consideraban sospechosos a los registrados, los subían al camión. Un policía nos preguntó qué hacíamos por ahí, si trabajábamos, si estudiábamos y dónde. Felizmente, antes de que yo respondiera, Violeta sacó un carné verde; se lo enseñó al policía, y este dijo: «Ya, váyanse, pero de frente a sus casas».

Sin embargo, Diego no corrió la misma suerte. Nos habíamos encontrado con él en el Museo. Hablamos un momento en la fila para ingresar al cine, y luego de entrar, nos separamos. A la salida ya no nos vimos; pero, después de que Violeta mostró su carné verde, miré a mi alrededor y lo vi a cierta distancia, justo cuando sacaba sus documentos y se los enseñaba al policía. Después observé que lo hacían subir al camión portatropas y que él se resistía, hasta que lo agarraron entre dos y lo arrojaron al vehículo. Diego no tuvo un carné verde para mostrar.

El regreso también lo hacíamos a pie. Ya en Barrios Altos, antes de que Violeta entrara a su casa, solíamos ir a la Plaza Italia un buen rato, en la cuadra 7 del jirón Huanta. Esa noche del domingo 3 de noviembre de 1991, también estuvimos ahí. Llegamos aproximadamente a las 8:15 de la noche. Hermosa noche parecía. Me acordé de Rosa Luz y la canté en voz baja o, más bien, la susurré:

La morena Rosa Luz, que es mi beldad,
a quien amo con todito el corazón,
saborea las delicias del cariño.
Ella vive muy feliz con su pasión;
en sus ojos se refleja la ansiedad
por que libe de sus labios el amor.
Entre besos y suspiros, 
sollozante me confiesa
que su vida es mi afecto y mi calor.

Siempre dicen que el cariño nace así,
como nace entre el follaje una flor.
Sin que nadie la regara ni advirtiera,
vive sola en el mundo del amor.

Sus miradas con las mías se cruzaron
una tarde del otoño que pasó,
y entre el fuego de dos haces convergieron
los ideales de dos seres en un solo corazón...

Todo cambia y en sus ojos
ya no encuentro 
las miradas que ese otoño descubrí.
¿Será acaso mis pupilas que no miran
o quién sabe si ella ya no piensa en mí?

Cruel martirio se apodera del querer
y los celos me hacen la vida un sufrir.
Tengo miedo de que broten de otros labios
las promesas 
de cariño que ella me oyó a mí.

Siempre dicen que el cariño nace así,
como nace entre el follaje una flor.
Sin que nadie la regara ni advirtiera,
vive sola en el mundo del amor.

Sus miradas con las mías se cruzaron
una tarde del otoño que pasó,
y entre el fuego de dos haces convergieron
los ideales de dos seres en un solo corazón...


Y vimos a Felipe Pinglo, en 1929, en el teatro Apolo de esa plaza, presentando su canción La morena Rosa Luz, y la escuchamos en la voz de Alcides Carreño, hasta que fue interrumpido por el sonido de varias ráfagas de metralleta. Hermosa noche parecía. Pero al final hubo que cambiarle el título a Rosa Luz: «Rosa Sombra», más bien.

Hermosa noche parecía, porque, de repente, en vez de Pinglo, en vez de Carreño, varias sombras con metralletas irrumpieron en una quinta, muy cerca, donde los vecinos celebraban una pollada profondos; y en vez de música, balas regaron, que con quince vidas acabaron (como para un corrido). Así nomás, todos conchudos, entraron a una quinta, cubiertos con pasamontañas. Ordenaron a todos tirarse al piso bocabajo, y les dispararon, incluso a un niño, seguros, dijeron, de que eran terrucos.

Así fue, hermosa noche parecía. Escucha, amigo, La morena Rosa Luz, escucha la canción y, desde ahora, cada vez que la oigas, acuérdate de esa noche del 3 de noviembre de 1991, en el jirón Huanta 840, de Barrios Altos, cuando a Rosa Luz, en «Rosa Sombra» la convirtieron. Salud.






Video tomado del canal de la Asociación Felipe Pinglo Alva 

lunes, 26 de febrero de 2018

"Ávila, con este poemario, le da un respiro a la literatura tradicional y la renueva". Comentario sobre "El poeta y el sapo y otros poemas (más un poema cantinero)"


Por Ronald Urbina (poeta y narrador)




Mucho he escuchado acerca de la escritura creativa. En mis clases de literatura con Hildebrando Pérez Grande siempre le he oído decir que el escritor debe incorporar lo lúdico a la estructura literaria y romper los esquemas de la literatura tradicional o canónica. Solo así se puede ir más allá de las fronteras visibles y abrir nuevos horizontes para el lector y la literatura misma. Sin embargo, romper con los esquemas y cánones implica, de alguna manera, ganarse cierta antipatía de los que Hildebrando llama “los duros de la literatura”. En este sentido, el poemario El poeta y el sapo y otros poemas (más un poema cantinero) (Editorial Bracamoros, 2016)de Mario J. Ávila Rubio, es un libro ante todo renovador, porque rompe con los esquemas tradicionales de la poética y nos presenta una nueva forma de hacer poesía. En todo el libro podemos sentir y observar elementos lúdicos. Al que no me crea, lo invito a leer el título del libro. 

Ávila, con este poemario, le da un respiro a la literatura tradicional y la renueva con expresiones poéticas, rompiendo los viejos moldes establecidos. Esto me hace recordar a la teoría de "tradición y ruptura" propuesta por el premio nobel mexicano Octavio Paz. Sin duda alguna, El poeta y el sapo y otros poemas (más un poema cantinero) entra en la categoría de ruptura, para que, luego de algún tiempo, quien sabe, se vuelva tradición. Solo el tiempo lo dirá.

Mi intención no es hacer que este comentario acerca del poemario de Mario Ávila se confunda con una apología. No se trata de alabar un libro de manera subjetiva, sino, al contrario, como buen estudiante de filosofía, de hacer uso de la razón para defender mi propuesta. En los párrafos anteriores he llenado de halagos al libro citado; sin embargo, a pesar de la teoría de lo lúdico y de la tradición y ruptura, estoy seguro de que aún no queda muy claro por qué este libro es considerado por mí como una de las mejores lecturas que he tenido este 2017. 

El poemario El poeta y el sapo y otros poemas (más un poema cantinero) se compone de cuatro partes, más dos poemas adicionales; uno al inicio y otro al final. Cada una de las partes es más creativa que las otras. Por ejemplo, tenemos nombres como Mamut y Ox, en la segunda y tercera parte, respectivamente. Desde los nombres (título de la obra y nombre de las partes) el autor empieza a jugar con las palabras. Pero ¿qué quieren decir Mamut u Ox? Ni yo mismo lo sé. Cada vez que vuelvo a leer los poemas que componen esas dos partes mi mente imagina de mil maneras a Mamut y sobre todo a Ox. Hasta ahora no he podido dibujar la silueta de Ox en mi mente, y eso es lo que hace de este poemario algo sin igual, pues cada vez que se relee es un renacer de la imaginación y un juego permanente con las palabras. Las demás partes que componen el poemario son una amalgama entre refranes, dichos, fábulas y personajes (por ejemplo, Cleopatra), en donde, incluso, se hace alusión a los viejos pero inacabables poemas homéricos, como el poema "Mi Ítaca".

Sin duda, el poemario El poeta y el sapo y otros poemas (más un poema cantinero), de Mario J. Ávila Rubio, es un libro que recomiendo a todos los lectores que quizá, agobiados por la tradición, necesitan un respiro de nuevos vientos, que llegan de la mano de este autor.

En la contratapa, Casimiro Ramírez Tenorio, escribe lo siguiente: “Es un libro hermoso en el que los instantes aparentemente triviales se iluminan como un relámpago y nos dejan ciegos por un momento, y cuando volvemos a abrir los ojos, las cosas ya no se ven como antes”. Y no lo dudo: después de este poemario, la literatura, para mí, ya no es la misma.








NOTA: Este texto se publicó por primera vez en el blog Ángeles del Papel, de Michael Alberto Jiménez Melchor:
https://angelesdelpapel.blogspot.pe

domingo, 10 de diciembre de 2017

sábado, 28 de octubre de 2017

UN ADELANTO DE "CAMAS", EL PRÓXIMO POEMARIO DE CARLOS RÍOS MORENO

Este dos poemas son parte del poemario inédito "Camas (la historia de un niño en el hospital)", cuyas palabras de introducción dicen:

"En las noches mi dolida infancia me impone su presencia sin ninguna posibilidad de elección; por esta razón, no puedo dejar de hablar del niño que fui y al que llevo muchas veces como un inopinado monstruo que me convierte, sin querer, en el decidor de desdichas que soy.

Y si mi discapacidad es ya una metáfora, ¿para qué entonces añadirle complejidad a lo que escribo? Por ello, este poemario ha sido concebido “desnudo de retórica y carente de ornato”, como decían los cronistas de indias, de quienes me siento un desleal legatario.

 Si hay alguna complejidad, es en el orden de las ideas, por influjo de otro enfermo, este sí genial: Blaise Pascal".


Julio y el hospital

Julio es gris y pequeño;
feliz llega a mi cama
para contarme de la olla.
Dice:
“En uno de los cuartos del hospital
hay una olla 
                       ¡grande!
                                          ¡bien grande!
En ella los doctores pican
papas, camotes, cebollas, etc.,
y luego…
                                          ¡te cocinan!".
Y sin más,
regresa a su cama,
muy tranquilo,
                              diríase contento.

Julio no es malo;
es insulso y cruel,
como la vida misma.
¿Qué podía saber mi amigo,
del amor al cuerpo, la enfermedad o la invalidez?
De los sentimientos sutiles
se aprende con los años,
y gracias a Julio,
amo mi cuerpo
sin ternezas ni blancuras,

consciente de mi desproporción.




Segundo invierno

Sábanas rústicas
                             de hospital,
blancura de espanto
                              y frialdad.

                             El yeso casi oculta todo mi ser,
 y soy un muñeco
rígido,
que, en el primer verano,
huele a sangre,
y en el segundo invierno,
a piel muerta.
Logro mover
                       mi meñique,
y mi sonrisa
sólo la entiende
esa paloma oscura
que ronda en la ventana,
a la espera de
un venturoso mendrugo.



miércoles, 22 de marzo de 2017

Mipibaal: un tenso diálogo con Yhavé



M. J. Ávila R.



Hace algunos años, Carlos Ríos (San Martín, 1964) nos sorprendió, a mí y otros dos amigos, al mostrarnos unos poemas de su autoría que bien guardados se los tenía. Carlos estudió Literatura en San Marcos en los años ochenta, pero nunca se había mostrado como poeta. Sus intereses, más bien, se veían por el lado de la narrativa y el ensayo. Se tituló con una tesis sobre Gamaliel Churata, y en los años noventa publicó artículos en el suplemento cultural del diario El Peruano. Además, de vez en cuando nos mostraba avances de unos cuentos que estaba escribiendo; pero nunca nos había mostrado ningún poema. Ni siquiera sabíamos que los escribía, hasta aquella noche, cuando sorprendidos leímos los originales de  Mipibaal (Lima, Editorial Bracamoros, 2016). Por supuesto, la sorpresa fue grata, ya que nos encontramos ante una poesía de notable calidad.

Los poemas están escritos a partir de la figura de un personaje bíblico poco conocido, llamado Mipibaal, que aparece en el libro de Samuel; pero el Mipibaal de Carlos adquiere independencia y tiene su propia historia.

El poemario es un tenso "diálogo" entre el yo poético y  Yhavé, en el que Mipibaal le pide sanidad y una mirada de inclusión, pero el Dios todopoderoso no obra el milagro, de modo que el diálogo parece finalmente convertirse en un monólogo. La manera como se resuelve el conflicto entre la fe y la falta de respuesta, es una muestra de hondo expresionismo, pero lleno de sugerencias que invitan a un detenido análisis para determinar cuál es realmente el desenlace. Y aquí está el mérito del conjunto, porque los textos no son simples exclamaciones quejumbrosas de discurrir evidente, sino poemas sugestivos, con complejos recursos de la poesía moderna.



Aquí algunos de los poemas referidos:


MIPIBAAL

¿Por qué una añadidura de dolor para mí?, digo.
Y mi voz se eleva a las nubes,
que son el polvo de tus pasos”, mi Señor.
¿Por qué si la más pequeña crisálida
puede zurcir los caminos,
yo no puedo hollar
el solio de tu creatura?


MIPIBAAL: LA ENFERMEDAD, LA SALUD


Mis postrimerías son peores
que mis principios.
En el centro,
pernoctando al raso,
Sepsia me observa.
No se parte lejos,
y dispensar los engreimientos
de su corazón
supone poner el hacha en la raíz del mal.
¡Oh, Yahvé Nihsin,
tú que hiciste gracia
a la vista de muchos ciegos
vuelve carnes a estos miembros entibiados!


MIPIBAAL: LOS PERROS, LOS NIÑOS

Estoy hecho de paños tundidos.
En la cuarta vigilia de la noche
he contado mis cicatrices.
¡Valgan verdades!,
la muchedumbre me observa
y el ojo de la inocencia
indaga de mis lomos.
Ceñidos están de dos maderos:
frotan,
rozan,
hieren.
Nada falta en mí, todo lo puedo,
digo con ironía;
sin embargo, cambiar esa mirada
por los ladridos de los perros de Jeremías,
sería como esperar
que el
silencio
de la aurora
alise los abismos del corazón de David.


TRIPODIO


En una sala:
alta,
grande,
pronta…
todos bailan.
Las miradas piadosas
me encuentran.
Si la muela asnal
de mis miembros les perturba,
les digo en silencio:
No tengan cuidado,
según el orden de su turno,
el Resplandor
cavila los ritmos
y sin que lo sepan
late en mis tobillos
el vendimiado curso del sol.


MICA



                                              Para Axel y Arián

En el inicio
el mar;
en el abismo,
el torrente cedrón.
Si pudiera fijar 
en una rama
de hisopo
los arneces 
de mis piernas
tal vez exudarían
una dulce locura:
“Es el arcoíris el que
pierde a la infancia
y el rayo el que aniquila
al mejor”.
Mica,
guárdate
de los desatados moños
y de Dionisos
que prisca el enebro
con su mandíbula endehesada.


PRIMERA MUERTE DE MIPIBAAL
                                    
                                                                         A Hugo Lévano



Bernabé divisa
desde el repecho duro y sanguoso
el amasijo de carne mortificada. 
A un lado
el escudo de Mipibaal,
una máscara
de sol
triangula su rostro,
y desde un hilo caudaloso
de sangre
apenas se le oye decir:
“Quiero encontrarte,
Dios escondido;
mis dudas son tibiezas
son alisos de mis vértebras.
Dime tú
¿por qué es tan fácil
volver la fe al mundo?”.



viernes, 10 de marzo de 2017

El 24 de febrero se presentó la revista Campo de Letras 80, con la participación de Marco Martos, Hildebrando Pérez Grande, Jorge Ramos y Paúl Llaque. Aquí compartimos el sumario.
Para verlo en PDF, haz clic en el siguiente enlace:

https://drive.google.com/file/d/0B7wlnES2kBzocUdrdnh6Qjk4enM/view?usp=sharing





"Ávila sabe que el poeta es un gato-tigre, un atoq enamorado del silencio de la escritura"



Raúl Jurado Párraga*
En plena década de apagones y sirenas policiales, los poetas se atrevían a cantar en la oscuridad. Con miedo y con incierta pasión, los poetas de los años ochenta asistían al espeluznante terror del fanatismo senderista y la respuesta violenta del Estado, y al medio quedaban muchas personas sobreviviendo a la muerte. En ese contexto, los poetas ensayaban su concierto de recitales al compás de arengas, pogeos y música de rock subterráneo. Kloaca, Oxixos, Grano de Arena, Alfareros, eyaQ´lación, Fin de siglo, Glisgen, Campo de concentración, Lluvia, Tallo de habas, Casa de Cartón, Kilka, Maestra Vida, Garabato, Asalto al Cielo, etc., eran tribunas del pensamiento poético-crítico de la época. Se generaron varios colectivos de artistas, así como revistas, donde se mostraban actitudes que se pueden mapear para comprender la movida contracultural de los trágicos y violentos años ochenta.
Los poetas de esos años, hoy ya en plena madurez, nos van mostrando trabajos solventes de escritura, construidos al fragor de esos hechos históricos que ennegrecieron nuestra sociedad. Los poetas de esos años aún no olvidan, ni olvidarán, que fueron marcados por un hecho agónico teñido de sangre, fosas clandestinas y desapariciones, y de ese signo oscuro hoy resaltan la fe por la vida hecha poesía, arte triunfante ante la muerte. La poesía vive, los poetas aún respiran y cantan. En ese contexto de conflicto entre Eros y Thanatos, la esperanza de ser artista fue la luz turbadora que venció a la incierta muerte que enlutó nuestro país. Los poetas saben que no deben bajar la guardia, y por eso siguen cantando.
Mario Jhonny Ávila Rubio es uno de esos poetas que comenzaron a escribir en esos años que hemos contextualizado líneas arriba. Mario J. Ávila hacia 1985 nos entregó su opera prima, que tituló "La canción de los topos", poemario cuyo indicador poemático refiere metafóricamente una canción escrita desde los márgenes, un canto que nació desde la sabiduría del silencio. Poemario inicial de un joven poeta. Libro de construcción emblemática de una fortaleza ejercida desde la acción de los topos. Libro de escritura desarrollada desde la subalternidad y la solitaria poeticidad del yo poético.
Después de este poemario de brevedad sugerente, Ávila Rubio silenció su escritura, sin que esto haya significado su ausencia para el acto de ella, sino que el poeta se enfrentaba a desarrollar una apuesta académica para cumplir con la formalidad concluyente de sus estudios universitarios, que se mostraría a la lectura cuando el Fondo Editorial de la UNMSM editó el 2001 su sugerente tesis de licenciatura: "Altazor: la experiencia del triunfo", trabajo donde el poeta desarrolla con solvencia un acercamiento crítico valioso a la poética del poeta chileno Vicente Huidobro.
Hoy, después de largos 31 años, nos sorprende con un nuevo libro de poesía: "El poeta y el sapo y otros poemas (más un poema cantinero)" (Lima, 2016, Editorial Bracamoros), un libro aleccionador y de lograda solvencia poética.
Ávila Rubio es de ese pequeño grupo de poetas que no posee el apresuramiento de editar todo lo que escribe. Es de esos raros poetas “parcos y morosos” que hallan en la poesía el espacio de la escritura meditada que denota su formación lectora, sus obsesiones intertextuales. 
En este libro, que pudieron haber sido cuatro poemarios independientes por el estilo que desarrolla cada sección, Ávila da muestras de versatilidad de escritura. Al leer la totalidad del texto dividido en UNA Y OTRA A LA VEZ (9 poemas), MAMUT (9 poemas), OX (16 poemas) y SHAMATHA (7 poemas), el poeta ensaya una propuesta poética de estilos variados. De instancia a instancia, se nota una voz que va girando desde la oralización fresca y cotidiana del poema coloquial, hasta lograr una poética de registros cultistas. Estas líneas se perciben en varios poemas del poemario. Por ejemplo, en el poema que inicia el libro y le da título ("El poeta y el sapo"), así como en el que lo cierra ("Poema cantinero"), se da un manejo casi conversacional de lo que se desea expresar, pero, a la vez, se convierten en su “poética” frente al lector-crítico (sapo) que asedia al poeta. La moraleja que se desprende de este texto introductorio es saber que la poesía no se explica, se siente.
En el poema de cierre del libro: "Al pie de la estatua del Che Guevara en la ciudad universitaria de San Marcos", el poeta alegoriza no sólo la historia, el silencio, la espera, el regreso, sino que emblematiza el amor, esa esencia humana que perturba nuestros actos y nos da relevancia vital.
Ya ingresando a las secciones: UNA Y OTRA A LA VEZ y MAMUT, del texto, hallamos poemas basados en la intertextualidad clásica, así como en actos de cultura actual. Esta sección explora el acto de escritura de la poesía, sus fines, el aprendizaje del poeta, su búsqueda, la validez o inutilidad de ella, el silencio y la calma para escribir un buen poema en el tiempo. (Léase los poemas: "La salamandra y la metáfora", "Una y otra vez", "El ángel exterminador", "Galileo", para confirmar nuestra opinión).
En la sección de poemas agrupados en MAMUT, se da la ampliación del campo intertextual a partir de “Cruz”, quien es el cuerpo, voz y palabra del yo poético. Esta intención recorre varios poemas, donde hay guiños a poetas admirados como Octavio Paz, César Vallejo, Dante Alighieri, etc. Esta sección se presenta como una ampliación de una poética en clave irónica, por ejemplo en los poemas "Los pececillos aventureros y el foco que encuentran en medio camino" y "La danza de los cisnes o los monstritos que patinan sobre el hielo" (claras alusiones a la poesía de Enrique Verástegui y de Rodolfo Hinostroza).
La sección denominada OX es la más arriesgada propuesta de Ávila. Aquí el poeta crea “un universo poético, un personaje, situaciones de una nueva divinidad, de un buey de sacrificado orden”, que resume su accionar en estos versos: "Mi lógica no es tu lógica, / y tu lógica no soluciona nada de nada”.
En SHAMATHA llegamos a la cosmopolitización indo-andina-occidentalizada (léase: "La princesa y el sol", "Mi Ítaca", "Corazón de oro", "La hija del Bambú", "Shamatha", etc.). En esta sección, Ávila vuelve a cuestionar su poética. Una vez más, es puesta a prueba, es interrogada en el poema inicial: "'¿Por qué empezaste a escribir?', / le pregunto./ 'Para joder a la gente', me responde […] Han pasado veinte años/ y ahora habla / de la generación perdida, la suya, / y dice que ya no escribe / porque joder a la gente no vende./ Luego me mira con su alma desierta / y se aleja con paso cansino".
Ávila Rubio sabe que la poesía se lee con otros ojos, que se siente en la fragilidad de un “corazón de bambú”, que camina como el ciempiés bailando bajo el sol. Sabe que el poeta tiene necesidad de mantener un silencio prolongado que solo se rompe cuando una nueva víbora nos regala manzanas de flama y lujuria para volver a escribir un nuevo libro y publicarlo. Ávila sabe que el poeta es un gato-tigre, un atoq enamorado del silencio de la escritura.
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* Raúl Jurado Párraga. Poeta, investigador y docente de Literatura en la Universidad Nacional de Educación Enrique Guzmán y Valle, "La Cantuta".

domingo, 23 de febrero de 2014

Cuento

LA MISIÓN

En el umbral de la puerta se detuvo unos segundos. Miró a la izquierda y luego a la derecha. Después, con pasos largos y apurados caminó hacia la esquina, viró a la izquierda y siguió andando una cuadra, para volver a voltear esta vez a la derecha. Se detuvo a mitad de camino frente a una casa comercial solo para observar a través del reflejo en el escaparate si alguien lo seguía. Continuó hasta llegar a un paradero y se subió a un bus, se bajó tres cuadras más allá, y se subió  a otro con dirección al distrito de San Luis. Recién sentado en el último asiento de este segundo transporte se sintió aliviado y pudo relajar el cuerpo, aunque dudando si las tácticas de distracción y de cómo perder al enemigo de los manuales habían cumplido su cometido. Entonces se le cayó toda la fatiga encima y el sueño lo quiso envolver, pero lo evitó. Sacudió su cabeza y pegó su rostro a la ventana de la movilidad para distraerse mirando a las chicas hasta llegar a su destino.

Un par de horas después se encontraba echado sobre su desvencijado colchón en su cuarto tiznado por la noche. Así postrado empezó a repasar lo hecho durante el día. En realidad, habían transcurrido más de cinco meses en esa preparación extenuante, pero imprescindible para culminar con éxito la misión encomendada. Situación que lo hacía sentir importante, valioso, como nunca en su vida. Sensación rara en su caso porque su mente no siempre mantenía constante su ánimo. Por momentos, la desazón y el escepticismo, que achacaba a su congénito espíritu y voluntad enfermizos lo envolvían en el tedio. E, incluso, se presentaban periodos más extremos, en los que quería abandonar todo y perderse en la bruma del olvido y en su nihilismo negativo impenitente. Precisamente, estando en estos avatares mentales es que empezó a deshilvanar la madeja en la que estaba sumido y en una retrospectiva ubicó el momento preciso en el que se embarcó en la historia que estaba por concluir.

Empezó el día que un par de jóvenes dirigentes universitarios lo abordaron a la salida de la facultad para conversar. Ya los conocía y sabía de sus actividades, pero siempre se mantuvo al margen. Varias veces intentaron acercársele, pero supo esquivarlos. Al principio era porque había ingresado a la universidad con la intención de estudiar y lograr una carrera, idea que quiso mantener férreamente, pero pronto se dio cuenta que los estudios no eran su destino, por lo que terminó deambulando entre los salones sin rumbo fijo. No asistía a clases de manera cotidiana porque se aburría y tampoco entendía a los profesores que consideraba demasiado académicos. Optó por colarse en cuanto grupo se formaba tratando de ser parte de algo y siempre terminaba en nada. En estas circunstancias se encontraba cuando fue invitado a conversar con los jóvenes líderes estudiantiles. En el fondo no era tan renuente a la ideología que profesaban, pues sabía que nada podría cambiar las cosas si no era luchando, lo otro era sobrevivir siempre en la desesperanza y la marginación. Conjugaba también la otra posibilidad: la pacífica. Debía haber otra forma de modificar la postración social haciendo uso de mecanismos menos cruentos, ya que era enemigo de la violencia. En realidad, la cobardía lo dominaba. Transcurrieron algunas semanas y muchas formas de persuasión de parte de los líderes estudiantiles para que empezara a asistir a las primeras charlas y reuniones clandestinas; al principio algo indiferente, pero luego empezó a tomar más atención y terminó casi convenciéndose de la esencia fundamental de la ideología que iba acatando de manera gradual. Por eso, cuando a los líderes les pareció que estaba suficientemente concientizado le dieron a conocer su primera misión, que se llevaría a cabo unos meses más tarde sin fecha precisa, pero para la cual debía prepararse conscientemente y esperar las últimas indicaciones. Entonces ya no fueron solo horas y horas de lecturas doctrinarias, sino también extenuantes ejercicios físicos, estrategias, tácticas de ataque, repliegue, defensa, el uso de todo tipo de armas, desde las punzocortantes hasta las de fuego de gran calibre. Pronto se dio cuenta que tenía una recién descubierta predisposición a este tipo de ajetreos de guerra y muchas veces una intuición natural lo hacía salir de manera rápida e inteligente de las difíciles pruebas a las que era sometido, convenciéndose él y sus instructores de sus habilidades, por lo que fue nombrado líder de grupo. Aunque estas actividades clandestinas a veces lo entristecían ya que lo obligaron a alejarse por largas semanas del seno familiar, que solo lo integraba su madre Antonia y una hermana, Patty, con síndrome de Dawn mayor que él, a quienes extrañaba sobremanera. Los tres vivían en un pequeño cuarto en la avenida San Luis que estaba cada día más descuidado, ya que él como encargado del mismo no podía darle mantenimiento debido a sus ausencias. Incluso, tuvo que dejar de trabajar en la zapatería de su padre, quien los había dejado por otro compromiso con el que tenía cuatro hijos más, pero que no le negaba el derecho a ganarse unos cuantos soles en su pequeño negocio, con tal de que apoye a su mamá y así no tener que mantenerlos. Estos fueron motivos más que suficientes para abrigar con imperiosa necesidad el deseo de que las cosas cambien y el triunfo del movimiento lo catapultara a una posición de privilegio en el nuevo orden jerárquico que se iba a instaurar. Su esperanza era que reconocieran su esfuerzo, su participación activa, su sacrificio y le otorgaran un sitial de privilegio, pues no conocía otra forma tampoco de surgir. Era el único modo de que su madre dejara ese trabajo madrugador y que él también saliera de las sombras de la marginación y obtener de este modo un merecido respeto. Por eso, cuando en un sobre le entregaban toda la información requerida y detallada sobre su misión, indicándole el día viernes como fecha elegida, él se alegró porque era el inicio del cumplimiento de sus deseos aunque después lo estremeció el pánico porque ya no serían maniobras simuladas sino reales. Así, echado sobre su desvencijada cama, rememorando lo sucedido en los últimos meses, se percató que había amanecido y que le faltaban dos días para el acontecimiento.

Todo el día miércoles estuvo en la habitación, pensando en lo que debía hacer y tratando de memorizar los datos, los croquis, las rutas de despliegue y repliegue. Repetía una y otra vez en voz alta las acciones a tomar. Practicaba tratando de impostar la voz para demostrar aplomo y firmeza al dar las órdenes correspondientes. Por momentos la imagen de su madre y hermana sonrientes se le presentaba. Entonces continuaba con más ahínco preparando su mente y cuerpo para que reaccionaran instintivamente a las acciones del operativo. Se repetía los principios fundamentales del movimiento y de su aporte al mismo como militante activo. No debía desmayar. No debía flaquear. Menos claudicar. Esperaban que actuara con la mayor firmeza y responsabilidad posible y así lo haría. No debía fallar y entregaría su cuota si era necesario. Así pasó el día.

El jueves, todavía somnoliento por no haber dormido bien, hizo acto de presencia el desánimo. Se ahogó en escepticismo. Las dudas lo embargaron y el entusiasmo fue acallado con manotazos de temor. Una serie de interrogantes lo abotagaron. Que quizás no iba a salir bien lo planeado. Que no debía hacerlo. Que iba a cometer un crimen, un delito. Cómo lo iba a tomar su madre. Qué sería de su hermana sin él. Quizás ellas sufrirían las consecuencias. Estaba a punto de llamar para decirles que lo haga otro en un acto de desesperación. Quería decirles que no estaba preparado aún. Que en realidad nunca quiso ser militante ni miembro de ningún grupo ni nada. Que era demasiado para él. El terror lo bañó en delirio. Excitado caminaba de un lado a otro de su reducido cuarto buscando una manera de desembarazarse de ese pesado encargo, hasta que exhausto se quedó dormido pensando en las miles de maneras de negarse.

El viernes se despertó sobresaltado y transpirado. La luz que entraba clara y penetrante por la ventana sin vidrios de su cuarto le inspiró un retazo de sosiego. Miró a su alrededor y a unos cuantos metros vio las ollas y los restos de verduras y huesos que su mamá utilizó para preparar las viandas de comida que en la madrugada salió a vender. Dio una mirada circular a la habitación y se levantó raudo buscando su reloj para saber el tiempo. Le faltaban cinco horas para culminar todo el esfuerzo y demostrar con éxito que la confianza en él depositada fue cierta. Se lavó la cara y se sintió aliviado por el agua fría del grifo. Se miró al espejo y antes que otro pensamiento se acurrucara en su mente, hoy es, lo haremos todo bien, se dijo en voz alta como dándose ánimo. Empezó a alistarse calculando el tiempo. Sacó su mochila que la tenía bajo su cama. Revisó uno a uno varias veces el contenido de la misma. Correcto. Leyó la dirección donde se tenía que encontrar con el resto de la célula bajo su mando y salió. Luego de las acciones respectivas para evitar el seguimiento, continuó convencido de culminar por fin algo importante en su vida.

Pronto apareció una combi que lo llevaría al punto de encuentro, a la que tuvo que subir casi a la volada porque el vehículo aceleró y casi pierde el equilibrio. Ya abordo a duras penas se pudo sentar por las maniobras bruscas del transporte. Mientras avanzaba a su destino se puso a observar las calles, las personas, los vendedores. ¿Ellos serían los mil ojos?, se preguntaba. Se detenía en el diseño de las casas, los autos de distintos modelos y precios. Trataba de penetrar en las mentes de cada uno de los peatones para imaginarse cuál sería su conducta si tuvieran más oportunidades en la vida. Por ratos el rostro de su madre y su hermana se le aparecían sonriéndole, como cuando se despedían para irse a vender. La combi iba veloz, rápida, algunas señoras pedían al chofer disminuir la velocidad. A él le agradaba recibir el aire fuerte que lo despeinaba, pero lo hacía sentir libre, seguro y sonrió casi feliz. De pronto un grito lo despabiló y sintió un fuerte golpe que oscureció todo.


Fue uno de los últimos cuerpos rescatados de entre los fierros retorcidos. 
MGY 24/02/2014            01.19 am